ad Jesum per Mariam


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EL ESPIRITU DE LA LEGION DE MARIA
Espiritu de la legion de maria

Extractos...

 

Si la gente, al observar la Legión la considera heroica, es porque sus normas de vida son muy pobres y no se han comprendido las exigencias de la vida cristiana, como lo expresan las autoridades mencionadas. Este hecho nos muestra que, por expresar la Legión el catolicismo ordinario, todos los católicos, y no una porción escogida deben pertenecer a ella o cumplir con su deber de manera semejante. Esta verdad ayudará a los legionarios a darse cuenta de su propia situación. No deben pensar que han llegado a un nivel particularmente elevado, que han ascendido a las cimas espirituales; por el contrario sólo han cumplido con su deber de católicos, como lo entiende la Iglesia. Están solamente al nivel del suelo y su ascenso está aún por comenzar; deben fortalecerse para lograrlo y realizarlo con heroísmo. Repito: sólo estamos al nivel del suelo y el ascenso está delante de nosotros.

¿Por qué se revela solamente la plenitud de nuestro ser, cuando sobrevienen la muerte y los peligros, que nos traen a la realidad de nuestra vida cotidiana? ¿No es posible afrontar las realidades sin este estímulo? ¿Por qué nos convencemos únicamente de la fugacidad de nuestra vida y de la vanidad del mundo, cuando un peligro nos acecha, cuando una crisis nacional, social o emocional nos enfrente con lo decisivo y nos hace volver a la realidad? Creo que si pudiéramos vivir siempre con este espíritu, fruto de estos acontecimientos horribles; si pudiéramos ser indiferentes a la vida y sus comodidades, si pudiéramos impregnar nuestra vida y trabajo cotidiano de este espíritu, entonces podríamos romper con las normas de vida del mundo actual que son muy imperfectas y reemplazaras por las que se hallen más de acuerdo con la doctrina de la Iglesia Católica. Estas normas de vida dignas harían descender la Omnipotencia de Dios y le forzarían –diría muy gustosamente- a concedernos lo que pedimos: las conversiones en masa, que opere milagros en cada palabra que pronunciamos y, de esta manera, conmueva al mundo para que mire hacia la Iglesia Católica y escuche su mensaje.

Cuando hablo de esta manera acerca de los milagros, la mayoría se inclinará a preguntar: “Bien, pero ¿para qué queremos milagros?” Les respondo del siguiente modo: La Iglesia Católica continúa la vida de Nuestro Señor y uno de sus rasgos sobresalientes fueron los milagros. Los realizó para cumplir con la misión que se le había encomendado y los consideraba como el complemento de la fe; representaban el medio más importante de conmover a las gentes, de atraer su mirada hacia Él, sacarlos de su indiferencia y apego al mundo, haciendo que lo escucharan y creyeran en Él.
No entiendo por milagros –aunque tampoco lo excluyo- el movimiento de las montañas, la resurrección de los muertos o la calma de una tempestad; no los excluyo porque se pueden realizar y deseamos que así suceda, ya que el brazo de Dios no se ha acortado, pero me refiero especialmente a la calma de la tempestad provocada por nuestros problemas y pasiones, a la resurrección de los muertos por el pecado, al alejamiento de las montañas de la incredulidad. Todo esto es posible hoy, como lo fue en la historia de la Iglesia, pero desgraciadamente no se ha realizado. ¿Por qué? Porque nuestro catolicismo no se ha adentrado en nosotros sino que es una sombra de lo que debiera ser; aún nosotros que formamos una porción escogida dentro del rebaño tenemos normas de vida vergonzosamente bajas; nos regocijamos y satisfacemos con resultados modestos, en lugar de lanzarnos a lo imposible.

El término “imposible” es solamente una relación humana; para Dios nada es imposible; para nosotros la posibilidad o imposibilidad depende de la medida en que atraemos la gracia de Dios a nuestras acciones. Si pedimos plenamente la gracia de Dios, todo se halla a nuestro alcance; no hay problema que no podamos resolver, persona que no podamos convertir, comunidad que no podamos ganar a nuestra fe, no hay nada que no podamos realizar si pedimos a Dios que nos ayude. Les parecerá que en la situación actual del mundo no podemos contar con la protección divina y preguntarán: “¿Por qué no?” Respondo porque no pedimos a Dios como debiéramos: nuestra fe es poca, pobre y débil.

¿Qué hay de malo en nuestra fe y conducta para que no obtengamos los resultados de los primeros tiempos de la Iglesia? ¿Qué significa exactamente aquel pasaje del Evangelio, donde se afirma que la fe mueve las montañas? ¿Significa una creencia piadosa en la omnipotencia de Dios? Nada de eso, pues así la tendría cualquier persona que estuviera sentada delante de mí en esta sala, el católico más indolente y atolondrado. Ni nosotros ni nuestros semejantes pueden realizar ese milagro al que alude el Evangelio; la fe que se menciona allí es completamente distinta de la nuestra, pues ésta se reduce a una creencia piadosa. La fe que se desea, la fe verdadera no consiste en un sentimiento vacuo sino en una acción. Verdaderamente es una acción ver a Dios y a las almas y casi nada más; luchar decididamente por estos ideales, olvidándonos completamente de nosotros mismos, de nuestros intereses y salvación, dispuestos a buscar con ansiedad a las almas, aunque esto implique nuestra ruina. Se objetará que esta concepción es extrema y se me preguntará si esto significa que debemos prepararnos a entregar nuestras vidas y dejar que nos destruyan o arruinen para defender los intereses de Dios. Respondo afirmativamente. Es verdad que una fe mucho menos noble nos salvará, pero no alejará las montañas de lo difícil e imposible e invocará libremente la Omnipotencia de Dios.

Conozco un número apreciable de casos en los cuales los legionarios, al cabo de su trabajo, no sabían qué hacer: abandonarlos o continuar con ellos. Continuar significaba su propia ruina, abandonarlos significaba interrumpir un trabajo primordial para las almas a ellos encomendadas. Me siento feliz en poder jactarme de que los legionarios avanzaron –no digo intrépidamente-, pero en verdad avanzaron (¿es inadecuado en estas circunstancias?). Resulta asombroso manifestar que en todos los casos llegaron absolutamente a la meta ansiada. ¡Seguramente para estos legionarios era como posar los pies sobre las aguas y caminar! Cuando examinamos estos casos y atribuimos y tenemos en cuenta al azar más de lo debido, nos convencemos que la ley natural actuaba allí en el momento en que aparecieron los milagros, después que los esfuerzos humanos habían llegado al máximo inútilmente y cuando sólo quedaba invocar a Dios. No nos damos cuenta de que los milagros aparecen aquí, pues las lecturas y conversaciones nos han acostumbrado a pensar que los milagros son extraordinarios, inexplicables en su aparición, no están sujetos a leyes y sólo ocurren en lugares especiales como en Lourdes o revelan la predilección de Dios por ciertas almas, pero que el hombre común no los puede percibir. Esta concepción es completamente errónea; mi experiencia me ha llevado a afirmar que lo milagroso aparece plenamente en sus distintos grados para quien lo pide y paga el precio de ello.

Temo realmente que la fe ordinaria que es corriente incluso en comunidades católicas estimables, y aun en agrupaciones muy selectas como la de los legionarios, sea más natural que sobrenatural. Parecerá que estoy afirmando aquí cosas contradictorias: siendo la fe sobrenatural, ¿cómo puede ser natural? Lo que quiero decir es que puede ser que usemos un poder sobrenatural de un modo natural, que es como si lo usásemos en absoluto. A modo de comparación, considera el caso de un ave que tiene alas poderosas y que, sin embargo, se contenta con caminar sobre el suelo como la gallina ordinaria, o, peor aún, con anadear como el pato. Nuestra fe, lo mismo que esa ave, puede volar y alcanzar las regiones más elevadas, pero no vuela. Se mantiene en un "nivel bajo" y se arrastra por el suelo como la gallina o el pato.

Sin duda que habéis reparado en los consoladores artículos que han aparecido recientemente en la prensa católica probando que en el año 1987 poco más o menos la Iglesia Católica tendrá más fieles en cierto país que cualquier otra religión. ¿Por qué? Pues porque el porcentaje de nacimientos de católicos es mas elevado qué el de cualquier otra religión de ese país. ¡Veis que es por este medio como vamos a tener más católicos hacia el mencionado Año! Os pregunto si eso no es querer equiparar la Iglesia Católica a una institución puramente humana. No digo que Dios no emplee ese medio de aumentar el número de miembros de su Iglesia. Pero, ¿tiene que limitarse a eso? ¿Estuvo alguna vez en los designios de Dios el que la propagación de su Iglesia dependiese solamente del porcentaje de matrimonios y nacimientos? Sabéis bien que una simple sugerencia respecto a que así sea, parecería ridícula. Vemos con alegría que el control de la natalidad prevalece más en las comunidades no católicas que en las nuestras, y que por lo tanto los católicos llegarán a ser alguna vez mayoría. Pero, ¿qué diremos de las almas que se perderían durante ese largo compás de espera hasta que el número de católicos aumentase? ¿Es que no hay que contar para nada con la conversión de los hombres mediante el ataque directo? ¿Qué diremos de aquellos días en que un rincón de nuestro pequeño país envió a sus misioneros a Europa? ¿Para qué? Para convertir a los hombres, para convertir masas de hombres. ¿Es que aquellos días pasaron para no volver? Si, en las presentes circunstancias en que se halla la fe parece que no volverán.

Recuerda esto: nuestra religión, si se quiere lograr algún resultado, ha de ser sobrenatural. Esto quiere decir que en cierto modo debe romper con lo puramente natural. En consecuencia pondrá escasa atención a los dictados de la prudencia del mundo. Una fe heroica lleva consigo la aplicación de los preceptos divinos, y sólo de los preceptos divinos, a vuestro trabajo y a vuestra vida de cada día, lleva consigo la aplicación firme e incondicional de Dios. Repito que debéis romper con lo natural, porque si intentáis colocar un pie en lo natural y otro en lo sobrenatural, creeréis en la práctica que es lo natural lo que os sostiene y no lo sobrenatural. Y en este caso, pediréis, pero no se os dará; llamaréis y no se os abrirá.